Metro: Last Light llega por fin después de retrasos, un nuevo juego de acción en primera persona en el que los tiroteos, las fases de sigilo, la ambientación apocalíptica y el buen gusto narrativo se han dado cita. La historia tiene lugar en Moscú después de una catástrofe nuclear que ofrece un futuro cercano post-apocalíptico en el que los pocos supervivientes que quedan viven en el sistema de metro de la capital rusa. El exterior es irrespirable, y se precisa de máscaras de gas para poder visitarlo.

El sobrecogedor motor gráfico, con telas, físicas, gases volumétricos y coberturas y elementos destruibles, golpea con una fuerza inusitada a través de una iluminación dinámica y cuidadísima.

Pero sobre todo, lo más destacable es la búsqueda por ampliar la exploración y por crear un micro cosmos de facciones y mini-ciudades bajo tierra en las que la investigación y el terror abracen toda la experiencia. Un compendio de conspiraciones, ataques, traiciones y giros inesperados. Las dos historias, la guerra y el oscuro, acaban encontrándose, y el desenlace es sorprendente además de contar con algunas decisiones interesantes que podremos tomar.

Metro: Last Light no se inspira en un libro, pero tiene esa vocación narrativa que lo hace adictivo, queriendo saber qué más va a suceder a lo largo de las decenas de fases que vamos superando. En total terminaremos el juego en unas ocho o nueve horas dependiendo de la dificultad elegida.